domingo, 23 de septiembre de 2007

Capítulo 1: "Amigos Separables": Mi llegada

Eran los primeros días de octubre de 2003, cuando comencé a relacionarme con nuevas personas: nuevos compañeros: nuevos amigos.


Días llenos de timidez, de sorpresas, de exclamaciones, de inquietudes, de deseos de comunicarme, de relacionarme.


Las horas del día pasaban como a ellas les daba la gana: unas veces rápidas y otras muy lentas. A veces los días eran cortos y sin embargo, otros, casi ni se veían. Las noches se me hacían muy largas, llenas de pensamientos, de dudas, de preocupaciones, de pesadillas y de efímeros sueños bellos.


Pero aún no la conocía.


Supe imaginarla; pero no sé cómo.


Realicé varias consultas a las estrellas, para buscarla; pero ya había bajado:
¿Dónde está?


felicidad


Ya encontrábame entre una multitud de personas, busqué; pero sin respuesta alguna.


Pasaron dos días, los ojos de ella eran tímidos; pero los míos eran buscadores; impacientes; hábiles para buscar; pero lentos para descubrir.


¡Al fin la vi, qué felicidad!


¡La encontré!


¡Hallé lo que tanto buscaba!


¿Puedes imaginarte lo que sentí?


Al principio fueron: dudas, asombro, suspiros, pensamientos muy positivos. Luego todo se fue transformando en algo que empezaba a nacer, algo que necesitaba ser encontrado. Ya estaba convencido. Algunos dicen querer…


Comencé a trazarme estrategias como:


à Tengo que hablar con ella para convencerme más de lo que estoy.


à Buscaré algún momento del día para relacionarme y dejar mi negativa timidez.


à Llamar su atención y lo lograré todo.


Difíciles tareas me encomendé.


Recurría mi interior, me cuestioné cosas:


à ¿Conseguiré eso?


à ¿Cómo hacer que hable conmigo?


à ¿Le escribiré papelitos como en la escuela primaria?


Lleno de valor espiritual, me lancé a la conquista. La conquista que tanto había querido.


Llegó el momento exacto.


Por un momento me acerqué a ella y le dije varias palabras, como estás:

- No te vayas, creo que lo mejor es irme yo, no quiero que te separes de las demás personas.

Ella me miró, como quien acaba de conocer a una nueva persona, de hablar con alguien extraño. Pues eso era yo, un extraño. Casi me interrumpió, para decirme que tal vez se iba; pero tal vez no, que no sabía bien, que cualquier cosa me iba a avisar.


Todo trascurría casi normal, hasta que me llamó y me dijo:

- Se me rompió la pulsera de mi reloj. ¿Sabes arreglarlo?

La miré y me dije: “Si no lo sé, lo intentaré, pase lo que pase”. Seguí pensando: “Este es el momento de poner en plan mis estrategias”.


¡Al fin hablé con ella! Pero soy demasiado ambicioso, tenía que seguir y lo hice. Rasqué un trozo de papel de una de mis libretas, en el que se anunciaban varias cosas. Ella me respondió con el mismo método y la misma vía.


En ese instante ya había una comunicación oral y mediante la escritura.


Me entregó su reloj y lo guardé en uno de mis bolsillos del pantalón, como un fino tesoro. Casi todo dependía de ese objeto: lo único que hace es: darle un sentido común al espacio que pasa entre dos instantes que intenta decirnos que cada segundo suyo, cada minuto y hora que pasen, jamás regresará, jamás volverá a ser. Cada segundo muerto, es un segundo menos de vida; un minuto muerto: es un instante en el recuerdo y una hora muerta: es una hora más que nos acerca a la muerte, que siempre viene: la maldita y dichosa muerte, la que nunca perdona. Ese reloj me decía más que: “El tiempo es oro”, me decía: “El tiempo pasado nunca regresará; ama, quiere, llénate da cariño con todo lo que veas, porque puede ser que dentro de un segundo, jamás lo verás, jamás encontrarás algo parecido, jamás sabrás todo el significado de que la vida depende de un segundo”. El tiempo es misterioso e insuperable, lo importante es aprovecharlo al máximo. Dejar atrás: al odio, el rencor, envidia, las enemistades; “No prometas nada, porque no puedes asegurar que el día de mañana exista”.


Ella sí existe. Lo sé.


Tardé casi tres días en buscarle solución a su problema. Por mi parte mis mayores deseos de que se arregle lo antes posible, claro, para hablar nuevamente, aunque yo siempre intentando establecer una comunicación inmediata.


Ya estaba seguro que desde ese instante, en lo adelante, ya conocería a quien siempre quise encontrar, a quien quise pasar su imagen, su rostro, su figura, sus sentimientos; todo por mi mente y mi corazón.


Casi todas las noches, la encontraba a casi 6 metros de mí o a casi 7, como dice Arjona. Un día y otro pasaban y la distancia era la misma, hasta que un día maravilloso se redujo a menos de 30 centímetros, ¡qué alegría!, ¡qué nerviosismo, el mío!, verme hallado tan cerca.


A cada rato le hablaba, le interrumpía la atención. Me atendía; pero a veces encontraba en su mirada: reflejos de tristeza, de ojos perdidos en el recuerdo, parecía que extrañaba a varias personas (sí, eso era, extrañaba a varios de sus familiares). Ella no conocía casi a nadie, sólo a unas cuantas chicas y pocos chicos, y ahora, empezaba a descubrirme también.


A veces su rostro era dibujado por una exquisita y bella sonrisa, sonrisa la cual me agrada muchísimo porque me hace sentir bien, sabe transmitirle a los demás lo que realmente ellos quieren de ella, todos sabemos encontrarla, donde queremos hallarla. Pero a veces, su rostro, dominaba una serenidad tal que, no era tristeza, ni enfado, ni stress, ni agotamiento, ni ira; sólo un carácter inventado y realizado por ella. La ausencia de sonrisa, era producto de una expresión de lo que ella misma quería.


Pero aún me agrada.


Poco a poco fui buscando conversación con ella, hasta que me llegó la genial idea de ir a estudiar, en todo momento con ella. A partir de ahí, fue que le empecé a coger cariño, tal que, hasta el día de hoy, llega más allá de mi corazón.


Casi sin darme cuenta me relacionaba más y más. Las primeras cosas que hice, después lo contado, fue la entrega del reloj y luego traté de arreglar el ventilador de su cuarto, intenté amarrarle una soga verde-azul alrededor de él, para que se sostuviera. Hice mucho esfuerzo en que quedara bien y por supuesto, que a ella le agrada. Cuando terminé, me contó que el pedacito de soga, era de alguien que hacía poco había abandonado, el de un amor (o un novio: como ella quiera llamarle), alguien que conoció en el tren, en el trayecto desde su provincia hacia aquí. Hablamos otro ratito más y nos reímos de otras cosas, como dos chiquillos, sí, eso era lo que parecíamos, tal vez lo éramos.


Me fui para mi apartamento. Me acosté y empecé a recordar todo lo que había pasado y todo lo que ella me había dicho. Me dormí; pero no soñé con ella, ¿por qué es tan cruel el cansancio? ¿por qué no me dejó soñar con ella? Pero si eso era lo que más quería, esa noche.


Casi amanezco al otro día enfurecido; pero continué.


Todos los días pasaban muy rápidos, esa conclusión la compartí con varias personas, que estuvieron de acuerdo conmigo.


El día en que todo el país recuerda el asesinato injusto de los ocho estudiantes de medicina; salimos en caravana para La Habana. Al bajar del autobús, nos encontramos (viajamos en el mismo ómnibus) en la acera, caminamos un poco; pero tuve que desviarme unos instantes hacia la casa de mi tía, ella ya se perdía entre la multitud. Al incorporarme busqué entre todos; pero desgraciadamente no la hallé. Todo transcurrió sin ella.


Los días pasaban y mi cariño hacia ella seguía creciendo sin límites como: si una vida fuera eterna, como el universo: grande e infinito y sin acabarse, sin conocer realmente hasta donde llega; pues así era mi cariño, sin saber realmente cuanto podía acabar. ¿Nunca se acabará? Pues, nunca se acabará.


Ya las horas no eran normales. Comencé a ir a almorzar y comer con ella, también a ir juntos hacia las clases, de regreso también, poco a poco me iba convirtiendo en un ser sólo para ella.


Mis fundamentos se perfeccionaban más y más. Tenía un horario para todo: para comer, para almorzar, para ir a las clases, para bañarme, para vestirme, para subir a su apartamento.


El mes de diciembre transcurría muy bien hasta que llegó el día del pase para nuestras casas, nuestras provincias, nuestros queridos pueblos.




Fin del Capítulo 1. Continuará en el Capítulo 2.


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